Cuando la gente de mi entorno personal y profesional,  psicólogos o de otras disciplinas, me preguntan:

¿Por qué Psicóloga Jurídica, Forense y Mediadora?

A dicha pregunta en ocasiones le acompaña un rostro con emociones como sorpresa, curiosidad, desconocimiento, desagrado o incredulidad… “La vida ya es bastante difícil como para meterte en esos fregaos” – dicen.

En esta área de la psicología nos encontramos con las situaciones más complejas, duras, frustrantes o incluso límites. Sin embargo, cuando decidí “meterme en este fregao”, que es mi profesión y vocación, lo hice a sabiendas de que iba a ver de primera mano la miseria humana en todos sus sentidos.

Padres incapaces de llegar a acuerdos por el bien de sus hijos, enfrascados en una guerra circular a la que son incapaces de poner fin. ¿Por qué priman sus posiciones, necesidades, intereses y deseos sobre todas las cosas, incluso sobre sus hijos?

Mayores (o no tan mayores) que ya no pueden cuidar de sí mismos, ni siquiera para llevar a cabo las funciones y necesidades más básicas del ser humano o recordar algo tan importante como el nombre de sus hijos. ¿Están recibiendo un buen trato?

Trabajadoras/es que están siendo sometidos a prácticas hostiles y poco éticas en sus horas laborales, haciendo mella en todas las demás áreas de su vida y percibiéndola como incontrolable. ¿Acaso de la noche a la mañana ya no saben hacer bien su trabajo?

Niños, Niñas o Adolescentes, que por ser iguales o diferentes al resto -da igual el motivo-, piensan que sería mejor desaparecer, que nadie les quiere o que no tiene sentido seguir sufriendo. ¿No tienen derecho a vivir su infancia con todos sus derechos?

Mujeres que viven un infierno en un bucle de perpetuo miedo, tensión e indefensión, pensando si será hoy el día y asumiendo, tras el primer insulto o golpe, que deberían haberse esforzado más y que jamás serán lo suficientemente buenas. ¿En qué momento se cruzó la línea invisible hacia el no retorno y nadie nos dimos cuenta?

Hombres que viven un infierno igual de silencioso porque saben que parte de la sociedad no está completamente preparada para escuchar su historia, y son ellos quienes acaban escuchando sus crueles risas. ¿Cuándo asumimos que un hombre estaba inmunizado contra el maltrato?

Todos ellos tienen en común que ninguno es consciente de en qué momento se convirtió en víctima: del sistema, de sus hijos, de la enfermedad, de sus padres, de su pareja, de su jefe/a, de sus compañeros, de un desconocido/a, y en general de los que deberían haberles ayudado y no lo hicieron…

Todos comparten una posición cuando cruzan la puerta de mi despacho, no obstante ninguno ha llegado a poner su mano en el pomo por los mismos motivos. Cada uno lleva su propia mochila, con algunas similitudes pero única al fin y al cabo, con sus emociones, con sus creencias y valores, con sus vivencias y también con su desesperación.

Contribuir a devolver la dignidad y estabilidad psicológica perdida -en la medida de lo posible- es nuestro trabajo, aportando nuestros conocimientos a la administración de justicia y  fomentando la parte más humana del sistema.